Un Ictus puede dejar señales mínimas o pasar desapercibido. Así funcionan los episodios silenciosos y por qué conviene tomarlos muy en serio
Ariosto Raggo Médico Especialista en Psiquiatría. PHD – Columnista de El Ciudadano Digital-
Apenas hacen ruido en el momento, los llamados ictus silenciosos o infartos cerebrales subclínicos, que a veces se descubren después, casi por casualidad, en una resonancia o en otra prueba de imagen. Eso no significa que sean inocentes ni que el cerebro “los tolere”; significa, más bien, que el daño puede producirse sin el gran fogonazo de síntomas que la mayoría asocia a un accidente cerebrovascular.
También ocurre otra cosa, un ictus con síntomas puede confundirse con cansancio, torpeza, una bajada de azúcar, vértigo, migraña o simple despiste. Ahí está la trampa. La medicina insiste en lo básico porque sigue salvando tiempo y, por tanto,cerebro: caída de la cara, debilidad en un brazo, dificultad para hablar. Y no solo eso; también pérdida brusca de visión, problemas repentinos de equilibrio o un dolor de cabeza súbito y fuera de lo habitual. Si esas señales aparecen aunque duren poco, aunque se esfumen, aunque la persona diga que ya está mejor, sigue siendo una urgencia y toca llamar al 131. El cuerpo a veces susurra antes de gritar. El error es tomar ese susurro por una anécdota.
No todos los ictus hacen el mismo ruido
Cuando se habla de un ictus “que no notas”, lo más preciso suele ser pensar en lesiones cerebrales pequeñas, muchas veces isquémicas, que no desencadenan el cuadro clásico reconocible por cualquiera en la calle. La literatura médica lleva años dándole vueltas al nombre, porque lo de “silencioso” resulta casi engañoso: silencioso para quien lo padece en ese instante, sí; mudo para el cerebro, no.
No estamos hablando de una rareza de laboratorio ni de una extravagancia diagnóstica. Son hallazgos frecuentes en pruebas de imagen y aparecen bastante más de lo que se diría escuchando conversaciones de ascensor o tertulias de sobremesa. De hecho, en muchas personas mayores salen a la luz cuando se estudia otra cosa: problemas de memoria, mareos, cefaleas persistentes o una revisión neurológica más amplia. El hallazgo llega tarde al lenguaje, pero no tarde a la realidad: la lesión ya ocurrió.
Ese matiz importa porque desmonta dos ideas muy españolas. La primera, que si no hubo desplome, no hubo nada serio. La segunda, que el cerebro siempre avisa con fuegos artificiales. No siempre. A veces deja una firma diminuta, una pequeña cicatriz vascular, una huella casi invisible en una zona concreta que no paraliza media vida de golpe, pero va desgastando funciones con paciencia de termita. Un día parece nada. Varios episodios, con el tiempo, ya son otra historia.
Silencioso no significa pequeño en sus consecuencias
Aquí está lo importante, el hueso del asunto. Haber sufrido uno de estos infartos cerebrales silenciosos se asocia a más riesgo de padecer después un ictus ya manifiesto, de esos que nadie discute, y también puede relacionarse con deterioro cognitivo, problemas de movilidad, lentitud mental, dificultades de concentración e incluso formas de demencia vascular. No es una exageración de titular. Es, más bien, una realidad incómoda.
La acumulación de pequeñas lesiones puede ir apagando funciones como quien baja la intensidad de la luz sin tocar de golpe el interruptor. No hay un gran día del desastre, sino una suma de cambios: caminar más inseguro, tardar más en encontrar palabras, procesar peor varias tareas a la vez, sentirse distinto sin saber explicar muy bien por qué. Lo paulatino engaña mucho. Como no hay escena dramática, cuesta darle categoría de problema serio. Pero el cerebro no entiende de teatralidad; entiende de riego sanguíneo, oxígeno y daño.
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La confusión más frecuente: no era silencioso, era ignorado

No todo episodio desapercibido entra en la categoría de ictus silencioso. A veces lo que ocurre es algo mucho más prosaico y, precisamente por eso, más peligroso: el síntoma estaba ahí, pero se interpretó mal. Una mano torpe durante diez minutos. Una frase que sale arrastrada. Un ojo que de pronto ve como a través de un cristal empañado. Un mareo brusco que se despacha con la palabra “vértigo” y listo. Una media sonrisa caída que alguien justifica con cansancio.
El problema es que el ictus, y también el ataque isquémico transitorio (AIT) es cuando se detiene el flujo de sangre a una parte del cerebro por un breve período de tiempo, mantiene una relación pésima con la espera. Los signos pueden ser menos espectaculares de lo que imagina la gente y aun así exigir una respuesta inmediata. La dificultad súbita para hablar o entender, la debilidad de una mitad del cuerpo, la pérdida repentina de visión, la alteración del equilibrio o un dolor de cabeza intensísimo y atípico siguen siendo señales de alarma, aunque a la persona le dé por minimizarlo con una frase: “se me pasó”. Que se haya pasado no lo convierte en banal. A veces lo convierte, justamente, en aviso.
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Cuando dura minutos, sigue siendo una urgencia
Hay algo casi perverso en los ataques isquémicos transitorios: su brevedad juega a favor del error. La vida moderna, tan amiga del “ya se me pasará”, los recibe con los brazos abiertos. Uno sigue trabajando, conduce, se toma un café, lo comenta en el celu y se olvida. Después, a otra cosa. Y no. Ahí puede estar el preludio de un problema mayor.
El llamado miniictus es cuando se detiene el flujo de sangre a una parte del cerebro por un breve período de tiempo, no es un consuelo, ni una versión amable, ni una anécdota con final feliz. Puede ser un aviso precoz de que el sistema vascular cerebral está fallando. El cuerpo, en esos casos, no manda una falsa alarma; manda un adelanto. Por eso insistir en el 131 o en ver un médico no es una consigna burocrática ni una recomendación de folleto. Es que en neurología vascular el tiempo no es solo tiempo. Es tejido cerebral, capacidad de hablar, de mover una mano, de ver bien, de recordar nombres, de seguir siendo uno mismo sin notar una grieta.
Por qué ocurre y a quién le pisa más los talones
Aquí en Chile, el ictus sigue siendo una de esas palabras que todos creen conocer hasta que aparece de cerca. Y cuando aparece, arrasa con la falsa sensación de control. Hablamos de una de las grandes causas de muerte y de discapacidad, una avería seria del sistema circulatorio llevada al territorio que menos margen tiene para tolerar averías: el cerebro.
La mayoría de los ictus son isquémicos, es decir, se producen por una obstrucción del flujo sanguíneo. Un vaso se tapa, el tejido cerebral deja de recibir lo que necesita y empieza el daño. En los ictus hemorrágicos ocurre lo contrario: un vaso se rompe y la sangre invade donde no debe. El resultado, por caminos distintos, puede ser devastador.
Es una enfermedad que ataca también a gente joven
Los factores que empujan hacia ese escenario no son ningún misterio oculto en una biblioteca de especialistas. La hipertensión arterial sigue mandando. A su lado aparecen la diabetes, el colesterol alto, la obesidad, el tabaquismo, el exceso de alcohol, el sedentarismo, la apnea del sueño y algunas enfermedades cardiacas, sobre todo la fibrilación auricular, que favorece la formación de coágulos capaces de viajar hasta el cerebro.
La edad aumenta el riesgo, sí. Pero no tiene la exclusiva. El ictus puede aparecer antes, bastante antes. Y ese es otro de los grandes malentendidos del imaginario colectivo: pensar que es una enfermedad reservada a la vejez. No lo es. El cerebro no pide carné de jubilado para quedarse sin riego.
La tensión arterial sigue mandando
Si hubiera que señalar una pieza del dominó que conviene vigilar con más disciplina que retórica, esa sería la tensión arterial. La hipertensión daña vasos, endurece paredes, favorece pequeñas lesiones repetidas y prepara el terreno para el ictus tanto visible como silencioso. Detrás de muchos hallazgos en resonancias hay una historia muy reconocible: años de cifras altas “sin síntomas”, controles aplazados, pastillas tomadas a temporadas, esa fe absurda en que sentirse bien equivale a estar bien.
En salud vascular, encontrarse bien no siempre significa estar bien. Hay procesos que avanzan a pasos fuertes. No hacen ruido, no reclaman protagonismo, no te obligan a tumbarte de repente, pero avanzan.
Por eso la prevención real tiene bastante menos glamour del que venden ciertas modas de bienestar y bastante más rutina: revisar la tensión, cumplir el tratamiento, controlar glucosa y colesterol, dejar el tabaco, moverse con regularidad, dormir razonablemente y mirar al corazón con más atención cuando da señales de arritmia. Lo aburrido, en medicina preventiva, suele ser lo decisivo. No queda muy bien en un vídeo corto. Funcionar, funciona.
Cómo se descubre algo que no avisó
El hallazgo típico del ictus silencioso no llega en una escena de urgencias ni con una ambulancia entrando a toda prisa, sino que por un lateral. Una resonancia pedida por problemas de memoria, por mareos persistentes, por cefaleas, por un estudio neurológico más amplio o por otra razón cualquiera deja ver una lesión antigua, una pequeña cicatriz vascular, un infarto cerebral ya pasado.
A partir de ahí cambia el tablero. No porque se pueda volver atrás y borrar lo ocurrido, sino porque ese dato obliga a revisar el riesgo vascular de esa persona con otra seriedad. La resonancia es especialmente útil para detectar este tipo de lesiones, aunque la historia no se resuelve metiéndose en un tubo. Después llega lo decisivo: estudiar presión arterial, ritmo cardiaco, vasos sanguíneos, metabolismo, hábitos, antecedentes familiares y estilo de vida. La imagen enseña la huella; el resto del estudio busca por qué apareció y cómo evitar que vuelva a ocurrir algo peor.
Conviene insistir en un punto incómodo, porque internet ha convertido la sospecha médica en pasatiempo doméstico. No existe una forma fiable de autodiagnosticarse un ictus silencioso leyendo síntomas sueltos en el celular. Justamente ahí reside la dificultad: puede no dar señales específicas o dejar sensaciones tan vagas que encajan con media docena de procesos distintos. Y, en el extremo contrario, algo que parecía ansiedad, migraña o un simple mareo puede haber sido un problema vascular serio. Ese territorio no lo resuelve una intuición rápida ni una búsqueda a medianoche. Lo resuelven la valoración clínica, la exploración neurológica y, cuando toca, la imagen.
Lo que cambia cuando aparece la palabra ictus
Que una prueba revele un infarto cerebral silencioso no significa que todo el mundo vaya a recibir la misma receta ni el mismo pronóstico. Significa, más bien, que el riesgo vascular deja de ser teórico. Ya no hablamos de una posibilidad remota en abstracto. Ya hay una huella.
A partir de ahí, la medicina hace lo que debe: prevenir el siguiente golpe. Según el caso, eso puede implicar antiagregantes, estatinas, anticoagulación si existe fibrilación auricular, ajustes estrictos de la tensión arterial, control de la diabetes, abandono del tabaco, cambios dietéticos, pérdida de peso y una vigilancia más estrecha. No hay una solución única ni una liturgia universal. Hay un criterio claro: intentar que lo silencioso no termine convertido en algo devastador.
Para muchas personas ese momento tiene también una dimensión psicológica brutal. Pasan de creer que su salud vascular era una abstracción a comprender que ya existe un rastro físico, una grieta real. Y entonces la prevención deja de sonar a regañina de consulta. Empieza a parecer lo que siempre fue: sentido común con consecuencias muy concretas.
No hay que vender milagros. Ni todas las secuelas se notan de inmediato, ni todos los hallazgos significan que la demencia esté a la vuelta de la esquina, ni cada olvido cotidiano es una lesión cerebral. Pero tampoco conviene envolverlo en algodón. El ictus silencioso existe, pesa y obliga a mirar con otros ojos lo que solemos despreciar por rutinario: la tensión, el corazón, el tabaco, el sedentarismo, la glucosa, el sueño. Es menos dramático que una ambulancia con sirena, sí. Y quizá por eso resulta más traicionero.
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El cerebro no siempre avisa con estruendo
La idea útil, la que merece quedarse en pie cuando se caen los titulares y las exageraciones, es bastante simple. Sí, puede haber lesiones cerebrales vasculares que pasen inadvertidas. Sí, puede haber síntomas que duren poco y aun así anuncien un ictus mayor. Y no, ninguna de esas dos realidades justifica convertir cualquier molestia vaga en pánico permanente.
Lo sensato está en el punto medio, que casi siempre es el menos vistoso y el más serio: reconocer los signos bruscos, actuar deprisa, no restar importancia a lo transitorio y cuidar de manera menos ornamental y más constante los factores de riesgo. La prevención del ictus no tiene épica. Tiene repetición, controles, decisiones poco glamourosas y una cierta humildad frente al cuerpo. Ese cuerpo que muchas veces parece aguantarlo todo hasta que un día deja de hacerlo.

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