Abril 13, 2026

Los desórdenes y la violencia entre jóvenes secundarios chilenos

Una lectura política desde las teorías de Jared Cooney Horvath.

Logo de todos los artículos de El Ciudadano Digital Rafael Muñoz Canessa – Máster en Relaciones internacionales y Ciencias políticas.- Columnista de El Ciudadano Digital-

En Chile, la violencia escolar ya no es un hecho aislado y puntual, sino un problema orgánico que afecta la convivencia, el aprendizaje y la cohesión social en nuestro país. Datos de la Superintendencia de Educación, muestran que en 2025 hubo más de 22.680 denuncias ciudadanas, y el 75,3 % se debió a problemas de convivencia escolar, como maltrato entre estudiantes, acoso, discriminación y otros tipos de violencia. Las encuestas nacionales señalan que el 76% de la ciudadanía percibe más violencia en los colegios, mientras que solo el 36,6% cree que los recintos escolares son espacios seguros. Es parte del paisaje cotidiano de la enseñanza media incidentes como agresiones a profesores, tiroteos en las cercanías de los recintos escolares, peleas grabadas y viralizadas, y un creciente y preocupante ciberacoso. Este panorama no es solo un “problema de disciplina”; sino un síntoma político de cómo se ha gestionado la educación, la tecnología y la salud mental de toda una generación.

En este sentido, las teorías del estadounidense Jared Cooney Horvath, neurocientífico y autor del libro The Digital Delusion (2025), aportan aquí una explicación robusta, aunque políticamente incómoda. Horvath no habla de “estupidez generacional” de forma sensacionalista, sino de una bajada cognitiva medible de la Generación Z, la primera de la era moderna que registra peores resultados que la generación anterior en atención sostenida, memoria de trabajo, lectura profunda, razonamiento y resolución de problemas. Ese declive no es, según él, culpa de los jóvenes, sino de la estrategia educativa del entorno que hace un uso masivo de pantallas, valida los formatos breve de contenidos (TikTok, Reels, Shorts) y, sobre todo, apunta a la introducción abusiva de la tecnología en las salas de clases.

Horvath fundamenta su tesis en meta-análisis de miles de estudios y en datos internacionales (PISA, TIMSS). Que muestran que los países que más han invertido en “EdTech” (tecnología educativa), incluyendo programas 1:1 de laptops o tablets, son los que peores resultados cognitivos tienen. Argumenta que la lectura digital reduce la retención y la comprensión profunda, ya que el cerebro no puede contar con los “anclajes espaciales” de las páginas impresas. Escribir a mano implica un procesamiento cognitivo más activo que teclear. La multitarea digital adiestra a la distracción endémica y disminuye la lucidez de concentración sostenida. Las pantallas, sobre todo, entorpecen la “sincronía empática” entre alumno y profesor, elemento vivo clave para el aprendizaje humano.

Pero, ¿Por qué esto explica la violencia y el desorden en los secundarios chilenos?

Se sostiene que un cerebro con atención fraccionada, con poca memoria de trabajo y poca anuencia a la frustración es un cerebro más impulsivo y menos resiliente. Las redes sociales ofrecen gratificación inmediata que inyecta dopamina rápida, pero deterioran la capacidad de autorregular las emociones ante problemas reales (un insulto, una crítica, una espera). El ciberacoso, que se esconde con la violencia física de los patios, se amplía porque los adolescentes han interiorizado la lógica viral: someter para obtener likes o likes para validar la identidad. Para Horvath, el decreto legal de pandemia lo agravó: dos años de clases remotas y aislamiento digital dejaron a miles de secundarios con destrezas socioemocionales disminuidas justo cuando más las necesitaban.

En el ámbito político, la manifestación de esta violencia generacional, pone en evidencia fallas profundas en las direcciones educativas chilenas de las últimas décadas. Gobiernos de centroizquierda y de centroderecha impulsaron con entusiasmo la “modernización tecnológica” de las aulas (programas como “Me Conecto para Aprender”, entrega masiva de dispositivos, plataformas digitales obligatorias). La idea de que más pantallas era más equidad y mejor futuro se vendió.

Horvath echa abajo el mito: la tecnología en las aulas no es neutra, muchas veces genera la espejismo de aprendizaje mientras corroe las basas cognitivas reales. En Chile se cristalizó en colegios con presupuestos para tablets pero sin recursos suficientes para psicólogos, mediadores de convivencia o formación docente en manejo de emociones.

También existe una extensión de responsabilidad al Estado con respecto a las grandes plataformas. Es sabido que las redes sociales funcionan con algoritmos diseñados para maximizar el tiempo de pantalla en los adolescentes, sabiendo que generan adicción y polarización. El Estado chileno se ha retardado en regular la exposición de los menores (edad mínima real en TikTok o Instagram, límites de uso, compromiso de las empresas por contenidos que incitan a la violencia). La violencia se vuelve viral, mientras tanto: un video de una pelea en un liceo de Talca o Concepción consigue más clics que cualquier campaña de convivencia escolar.

Secundarios no solo amenaza la “disciplina”; sino que amenazan la democracia del futuro.

Desde una faceta política más extensa, la violencia delictual (daño a la propiedad privada) de los secundarios no solo amenaza la “disciplina”; sino que amenazan la democracia del futuro. Una generación con menos capacidad de consideraciones profundas, menos empatía cara a cara y más impulsividad digital será más frágil a la manipulación populista de una izquierda que solo sabe destruir, a la polarización excesiva y al fanatismo. La escuela, que históricamente ha sido un espacio de socialización comunitaria, se está convirtiendo en un lugar de supervivencia emocional. Apartar los datos neurocientíficos de Horvath por comodidad ideológica o por presiones de la industria Ed Tech es una abandono político grave.

¿Qué base para una política educativa seria proponen entonces las ideas de Horvath?

No se trata de ser “anti-tecnología”, sino pro-aprendizaje humano. Eliminar por completo los dispositivos conectados del aula, excepto cuando el aprendizaje en cuestión sea específicamente digital (ej. programación avanzada). Dar preferencia al papel, al lápiz y al contacto directo.

-Regular la exposición a pantallas en menores mediante leyes que obliguen a las plataformas a establecer límites verificables de edad y tiempo (tomando como ejemplo modelos europeos).

-Invertir en la formación docente en pedagogía analógica y manejo de convivencia y no solo en herramientas digitales.

-Políticas obligatorias de salud mental escolar, con psicólogos en cada establecimiento y programas de “desintoxicación digital” para secundarios.

-Examen riguroso de cualquier programa EdTech antes de desplegarlo masivamente, con métricas cognitivas reales (no solo “satisfacción de usuarios”).

En fin, el crimen y los desórdenes de los secundarios chilenos no son un problema de “falta de autoridad” ni de “jóvenes malcriados”. Son el resultado previsto de decisiones gubernamentales que pusieron el progreso tecnológico a la cabeza del desarrollo cerebral y emocional de una generación. Jared Cooney Horvath nos recuerda algo embarazoso pero fundamental: el cerebro humano no se restaura como si fuera un software. Si queremos una sociedad más pacífica, más reflexiva, más democrática, tenemos que comenzar por recuperar la escuela como espacio de enlace humano, no de computadores. En los corredores de los liceos se está decidiendo el futuro epistémico y político de Chile. Darle la espalda sería solo otro gran delirio digital.